RÍO DE JANEIRO
Río de Janeiro se puede leer como un policial negro carioca, alucinado y veraz, pero también como una novela de carnaval, ¿una reescritura clandestina de El sueño de los héroes?, donde Diego Cano conjura y homenajea -vía Perlongher, claro- a esos sacerdotes barrocos y cubanos que influyeron en nuestra mejor literatura de los setenta: Arenas, Sarduy, Lezama.
"La realidad persiste más allá de lo que uno haga" pensó João. Pero Cano tiene muy presente que realidad y pesadilla se parecen, se atraen, se confunden. ¿Y no son los días de carnaval, y aún más en la tierra del carnaval, donde realidad y pesadilla se pueden volver hemisferios de un mismo mundo?
"Bajó la vista, estiró el brazo y encendió sus chinelos motorizados y a la velocidad de la luz como si fuera flash o su reverso, atravesó lo que le quedaba de Ipanema, pasó a Copacabana volando, dobló en Princesa Isabel, atravesó el túnel y después del Shopping Rio Sul dobló a la derecha. Las chancletas tenían un GPS incorporado. Xingu abrió la boca en señal de sorpresa, claro, él desconocía las armas secretas del poderoso asesino João." Para muestra basta un botón; al autor de esta novela le encantan las frases hechas de toda laya, tal vez porque sepa que en tiempos donde el referente ahoga a la literatura, es necesario que la escritura recupere su timón perdido, su imaginación y su misterio verbal.
"Por cuatro días locos que vamos a vivir", decía la canción, aludiendo al carnaval. Pero en la Río de Janeiro de Cano las cosas y la gente huelen mal, tal vez porque la alegría y la violencia, un poco como sugiere Wilcock en el epígrafe inicial, son una foto y su negativo, y es inútil separarlas.
Edad recomendada: Adultos.