Con estudio preliminar y epílogo de Raúl Rodríguez Freire, traductor del libro, esta correspondencia entre Erich Auerbach y Walter Benjamin resulta muy interesante porque en ella se intercambian, más que profundas ideas filosóficas, desgarradoras situaciones individuales, en las que se manifiesta sufrimiento y descontento ante la coyuntura del momento. Son cartas íntimas, donde incluso en alguna oportunidad Auerbach y Benjamin discuten a propósito de un posible plagio de Fromm a Benjamin. El libro abunda en notas aclaratorias y referencias a las personas mencionadas en las cartas, que son muchas. Estas notas se ubican al final del texto.
Creo poder afirmar que la amistad develada en estas cartas implicaba un conocimiento relativamente profundo de sus respectivos trabajos, cuyos temas, por lo demás, se cruzaron en más de una ocasión. Benjamin y Auerbach fueron grandes misivistas, bella palabra que para la RAE todavía no existe. Sus cartas son el testimonio no solo de una amistad en tiempos de horror, sino de sus respectivas supervivencias. Ellas testimonian tanto una amistad prácticamente desconocida para gran parte de la intelectualidad contemporánea, como la muerte de una época en que la redacción de cartas tenía un lugar central.
BENJAMIN WALTER
Nació en Berlín el 15 julio de 1892 en el seno de una acomodada familia judía. Próximo a la teología judía que le transmitió su amistad con Scholem e influido por el marxismo de Brecht, quiso conciliar ambas escuelas de pensamiento con su propia teoría de la experiencia y un singular análisis filológico que había heredado de la tradición alemana y de su inclinación hacia la cultura francesa. Durante la década de los treinta estuvo vinculado a la Escuela de Frankfurt, aunque siempre se definió como "investigador y escritor independiente". Inclinado vertiginosamente hacia la muerte, había pensado en el suicidio al menos en dos ocasiones antes de llevarlo a cabo en Port Bou en septiembre de 1940.